Esta historia comienza en un baño de escuela en el Reino Unido, un lugar improbable para un conflicto internacional de valores, pero así son los tiempos que vivimos.
Un maestro de primaria (cuyo nombre se mantiene en el anonimato por seguridad) se encontró con una situación higiénica complicada: alumnos musulmanes lavándose los pies en los lavabos de los baños de varones, como parte de su ritual de purificación antes de orar. Al reprenderlos y explicarles que ese no era el lugar para hacerlo, la conversación escaló.
La frase "polémica"
En medio del intercambio, el maestro dijo algo que, hasta hace poco, sería una obviedad en cualquier libro de historia: les recordó que el Islam es una religión minoritaria en el país y afirmó que "Gran Bretaña sigue siendo un estado cristiano".
Para muchos, esto es un dato: el Rey es la cabeza de la Iglesia de Inglaterra, las leyes tienen base bíblica, la cultura es judeocristiana. Pero para la escuela y las autoridades locales, fue un "crimen de odio".
La pesadilla legal
Lo que siguió fue una cacería de brujas moderna. La escuela lo suspendió y luego lo despidió. La policía le notificó que lo investigaría por odio (aunque luego desestimaron el caso) y una junta local de protección dictaminó que sus palabras eran "hirientes" y que debía prohibírsele trabajar con niños.
Imagina eso: un maestro con vocación, tratado como un delincuente peligroso solo por defender la identidad histórica de su nación.
Un final agridulce
Afortunadamente, el maestro apeló ante la Autoridad de Regulación Docente, que desestimó los cargos al ver que no tenían fundamento. Pero el daño ya estaba hecho. Perdió su empleo, su reputación fue manchada y ahora trabaja a tiempo parcial lejos de Londres.
Lord Toby Young, de la Unión por la Libertad de Expresión, lo resumió perfectamente: "La situación es crítica si un profesor es catalogado como un riesgo solo por decir algo que es incontestablemente cierto".
Este caso nos deja pensando: Si decir la verdad se vuelve ofensivo, ¿qué nos queda?